Mudonicore

Tomado de Perú21.- Columna El ojo de Mordor, de Pedro Salinas.- Por ahí anda. En campaña y con tan poca vergüenza. Y no me pidan nombres que esta es facilonga. A ver. Les doy una ayudita. Fue alcalde de Lima. Y durante su gestión, en el 2005, se negoció con la empresa Relima el monto que debía cancelarle por los servicios de limpieza. Establecieron que la deuda ascendía a 35.9 millones de soles, y que la municipalidad debía pagarla fraccionadamente, en diez años. Durante una larga década, o sea. Pero, cosas de la vida, el 20 de diciembre del mismo año cambió el esquema cuando Relima cedió los derechos de su deuda a la firma Comunicore, que, fuera de ser una compañía desconocida en esta Galaxia, no exhibía movimientos financieros. Por el contrario, se encontraba endeudada, casi quebrada y debía hasta la cuenta de luz. Figúrense.

En fin. El trato era que Comunicore compraba la acreencia por un total de 14.5 millones de soles y esperaba un par de lustros para cobrar el íntegro. Así se planteó la cosa. Pero claro. Al minuto ya no fue así. Porque el entonces gerente financiero edil, Juan Blest, de entera confianza del Susodicho, recibió las facturas de Comunicore y esta, qué lechera, no tuvo que esperar diez años para cobrar, sino apenas unos días. Dos semanas apenas. Es decir, lo que Relima no consiguió nunca, Comunicore lo logró en un tris. Así las cosas, la municipalidad le amortizó todo de un porrazo. Y en cash. Vaya. No solo ello, pues este diario (que fue el que olfateó el hedor) descubrió que, encima, la municipalidad le pagó en exceso –por lo menos– dos millones demás. Una yapita, digamos.

Este periódico también ventiló que, Comunicore, luego de disponer la transferencia de parte del dinero al extranjero, fue puesta en manos de presuntos testaferros. Más todavía. Alguien usó los nombres de tres humildes pobladores de Comas para que figuraran como directores de Comunicore. Un cerrajero, una analfabeta y un vendedor ambulante, para más inri, y que nunca participaron como directivos, por cierto.

Por si fuera poco, un oscuro personaje llamado Joule Vila Vila reclutó a más de 40 pobladores de los cerros de Comas, a cambio de una propina, para que retiraran de dos bancos, ubicados en San Isidro, 16 millones de soles en efectivo, que, en la medida que iban cobrando las decenas de cheques, ya afuera de estos locales, introducían el dinero en bolsas de plástico, con el evidente propósito de ocultar al o a los verdaderos beneficiarios de la trafaza.

Y como para ponerle un lazo al chanchullo, y no dejar rastros, le cambiaron de nombre a Comunicore a través de una junta de accionistas bamba –en la que supuestamente participaron el cerrajero, la iletrada y el informal– y que, después de adulterar sellos y falsificar firmas en un inexistente trámite en una notaría de La Oroya, la empresa, de súbito, pasó a llamarse Esaróstica Contratistas Generales, para luego desaparecer.

Dicho sea de paso, la primera dirección que registró Comunicore, por esas casualidades del destino, era la misma en la que despachaba Miguel Garro, ex gerente financiero de Relima, promotor de Comunicore y uno de los cerebros del taimado plan.

También reveló Perú.21 que uno de los nexos de Garro con el municipio fue nada menos que el gerente municipal, Carlos Chávez Málaga, otro tipo del entorno del que les cuento, desde los tiempos del Instituto Peruano de Seguridad Social (IPSS), e incluso antes, desde la Caja del Pescador. Su yunta desde hace casi 20 años, vamos. Chávez trabajaba, a la vez, como principal funcionario municipal y como consultor de Garro –lo que evidenciaba un conflicto de interés–. Esto último lo hizo hasta diciembre del 2009, cobrando 3 mil dólares mensuales, hasta que Daniel Yovera publicó la primera denuncia en estas páginas, y destapó la tapa de la basura.

¿Y el Quetejedi, siendo alcalde, nunca se enteró de nada? ¿Tan tonto es? “Este es un problema entre privados”, han dicho sus seguidores, porque el que debió explicar, ya saben, no habla. Es mudo. ¿Ya adivinaron? Pues si no, les alcanzo otra pista. Es amigo de Alan. Sí, ese Alan. El de la frase: “la plata llega sola”.

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